En la República Dominicana hablamos cada día de la violencia que nos duele, pero pocas veces de la que sembramos sin darnos cuenta. Antes de un golpe, casi siempre hubo una palabra que hirió, un grito que intimidó o un silencio que permitió el abuso.
Somos una sociedad que ha normalizado la agresividad como forma de comunicación —en casa, en los medios, en la escuela— y, sin querer, estamos educando generaciones que creen que el irrespeto es parte natural de convivir. Este artículo es una invitación urgente a mirar la raíz: lo que enseñamos con lo que decimos… y con lo que dejamos pasar.
Hay una contradicción dolorosa en nuestra sociedad: el lugar donde una persona debería sentirse más segura sigue siendo, para miles, el escenario del miedo. En la República Dominicana, gran parte de los casos de violencia de género e intrafamiliar ocurre dentro del hogar, ese espacio donde deberían habitar el cuidado, la confianza y la protección.
Las cifras más recientes del Ministerio Público reflejan una realidad que inquieta. Solo entre enero y marzo de 2026 se registraron 17,552 denuncias por violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales en el país. Detrás de cada número hay una historia que no aparece en los informes: personas viviendo bajo amenazas, humillaciones constantes, insultos diarios y agresiones que casi siempre comienzan mucho antes de los golpes.
Porque la violencia rara vez empieza con un acto extremo.
Por: Erika Oviedo