Hubo un tiempo en que los problemas de pareja se quedaban en casa. Una separación, una discusión o una infidelidad eran asuntos que, por difíciles que fueran, normalmente se manejaban dentro del ámbito familiar.
Hoy la realidad es diferente. Las redes sociales han cambiado la manera en que muchas personas enfrentan sus conflictos. Lo que antes era privado ahora termina convertido en publicaciones, videos, comentarios y versiones enfrentadas ante miles de personas.
Y aquí surge una pregunta que considero importante: ¿realmente necesitamos hacer pública una separación?
Desde el punto de vista humano, cada persona tiene derecho a expresar lo que siente. Pero desde el punto de vista jurídico y familiar, hay que tener cuidado, especialmente cuando existen hijos y cuando todavía hay asuntos patrimoniales pendientes.
Una cosa es terminar una relación de pareja y otra muy distinta es terminar las responsabilidades que nacen de esa relación.
Los adultos pueden decidir poner fin a un matrimonio. Pueden dejar de convivir, pueden iniciar un proceso de divorcio y pueden tomar caminos diferentes. Pero cuando existen hijos, la responsabilidad de ser padre o madre permanece.
Los hijos no tienen por qué convertirse en espectadores de los problemas de sus padres.
La infidelidad no significa perder automáticamente los bienes
La Ley núm. 1306-Bis contempla el adulterio como una de las causas que pueden dar lugar al divorcio. Sin embargo, aquí tenemos que hacer una separación muy clara entre dos asuntos: la causa del divorcio y los derechos patrimoniales de los esposos.
Que una persona haya sido infiel no significa automáticamente que pierda su participación en los bienes que forman parte de la comunidad matrimonial.
Y esto no lo digo solamente desde los libros. Lo digo también desde la experiencia profesional que hemos tenido en el Consultorio Jurídico y Migratorio García & Asociados.
Recuerdo un caso que manejamos en nuestra oficina. Una señora había llegado al matrimonio con una posición económica importante. Durante el matrimonio, ella y su esposo desarrollaron varios negocios, entre ellos un negocio de alquiler de vehículos. Con el paso de los años adquirieron varios vehículos y fueron formando un patrimonio.
La relación matrimonial terminó en medio de una situación de infidelidad por parte del esposo.
La señora estaba profundamente afectada y entendía que, por haberle sido infiel, su esposo no debía recibir nada de lo que habían construido durante el matrimonio. Su posición era muy clara: “Él me fue infiel, por lo tanto, no puede llevarse el 50 %.”
Pero como abogados tuvimos que explicarle algo que quizás emocionalmente era muy difícil de aceptar, pero que jurídicamente era necesario entender.
La infidelidad no elimina por sí sola los derechos que correspondan sobre los bienes de la comunidad.
Si los bienes adquiridos durante el matrimonio formaban parte de la comunidad matrimonial, había que determinar jurídicamente la participación que correspondía a cada uno. No podíamos simplemente quitarle al esposo su parte como una especie de castigo por la infidelidad.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió.
Al momento de liquidar los bienes que pertenecían a la comunidad, hubo que reconocerle al esposo la participación que legalmente le correspondía.
Ahora bien, hubo una diferencia importante.
La señora había recibido por herencia de su madre una finca. Ese inmueble no había sido adquirido como consecuencia del esfuerzo económico de la comunidad matrimonial, sino que provenía de una sucesión.
Por esa razón, esa finca heredada no entró en la comunidad de la misma manera que los bienes adquiridos durante el matrimonio.
Este caso nos dejó una enseñanza que considero importante para cualquier persona que esté atravesando una separación:
No todo lo que una persona tiene durante el matrimonio necesariamente pertenece a la comunidad, pero tampoco todo lo que se adquirió durante el matrimonio puede excluirse simplemente porque uno de los esposos fue infiel.
Cada bien debe ser analizado individualmente.
Hay que determinar de dónde salió, cuándo se adquirió, bajo qué régimen matrimonial se encontraba la pareja y cuál es su naturaleza jurídica.
Una cosa es la culpa y otra el patrimonio
Muchas veces, cuando existe una ruptura, las emociones quieren resolver asuntos que solamente pueden resolverse jurídicamente.
Una persona puede haber sido un mal esposo o una mala esposa. Puede haber existido una infidelidad, abandono o conflictos graves dentro del matrimonio. Todo eso puede tener importancia en el proceso correspondiente.
Pero eso no significa que podamos confundir la responsabilidad afectiva con la titularidad de los bienes.
El Derecho no funciona bajo la lógica de: “como me hizo daño, entonces no le corresponde nada”.
Los derechos patrimoniales deben determinarse conforme a la ley.
Por eso, cuando se habla de un supuesto “50 %”, hay que tener mucho cuidado. Primero hay que saber si realmente existe una comunidad matrimonial, cuáles bienes forman parte de ella y cuál es el régimen que regía el matrimonio.
No se puede repartir un patrimonio matrimonial solamente con base en lo que se dice en las redes sociales.
Las redes sociales no sustituyen a los tribunales
Este es otro punto que considero fundamental.
Una publicación en Facebook, Instagram, TikTok o cualquier otra plataforma puede generar miles de comentarios, pero una publicación no constituye por sí misma una sentencia judicial.
Que una persona diga públicamente que fue víctima de una infidelidad no significa que jurídicamente esa situación haya quedado probada.
Que alguien publique fotografías, conversaciones o acusaciones tampoco significa automáticamente que un tribunal vaya a otorgarle la razón.
En Derecho existen reglas sobre la prueba y sobre la manera en que los tribunales deben valorar los elementos que se presentan dentro de un proceso.
Por eso recomiendo prudencia.
En medio de una separación es muy fácil publicar algo llevado por la rabia, la tristeza o el deseo de demostrarle al mundo quién tuvo la culpa. Pero una publicación hecha en cinco minutos puede permanecer durante años.
Y cuando existen hijos, el problema puede ser todavía mayor.
No todo dolor necesita una audiencia
Hay una pregunta que todos deberíamos hacernos antes de publicar algo relacionado con nuestra vida sentimental:
¿Estoy publicando porque necesito sanar o porque necesito que todo el mundo conozca mi versión?
No siempre necesitamos una audiencia para resolver un problema personal.
Hay situaciones que requieren abogados. Otras requieren profesionales de la salud emocional. Otras requieren simplemente familiares que sepan escuchar.
Pero no todo conflicto necesita miles de espectadores.
Desde mi ejercicio profesional, entiendo que cuando una relación llega a su final, lo importante no es solamente cómo termina el matrimonio, sino cómo las personas manejan las consecuencias de esa decisión.
Los bienes deben ser revisados jurídicamente. Los derechos deben ser determinados conforme a la ley. Las obligaciones respecto de los hijos deben cumplirse. Y, sobre todo, debe existir prudencia en lo que se publica.
El matrimonio puede terminar; las responsabilidades no
El divorcio puede poner fin al vínculo matrimonial, pero no borra la historia, no elimina las obligaciones respecto de los hijos y tampoco significa que automáticamente todos los asuntos económicos queden resueltos.
Por eso, cuando una pareja decide separarse, debe procurar hacerlo con responsabilidad.
La infidelidad puede explicar una ruptura. Puede incluso formar parte de una causa de divorcio. Pero no debemos convertirla automáticamente en una sentencia patrimonial.
Al final, una separación no solamente debe manejarse con emociones. También debe manejarse con conocimiento de la ley.
Porque después de un divorcio hay que saber qué corresponde a cada quien, qué bienes son propios, cuáles pertenecen a la comunidad y cuáles son las obligaciones que permanecen.
Los adultos pueden decidir cerrar una puerta.
Pero cuando existen hijos, la historia continúa.
Y quizás la verdadera madurez no esté en demostrar públicamente quién tuvo la culpa, sino en tener la capacidad de resolver los problemas sin destruir la dignidad de quienes alguna vez formaron parte de nuestra familia.
No todo lo que duele necesita una publicación.
No todo conflicto necesita una audiencia.
Y no todo divorcio debe convertirse en un espectáculo.
Por: Luis Alberto García