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El brote que enseñó a no dañar

Por Educación 2 min de lectura
El brote que enseñó a no dañar

El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos entre los árboles cuando mi pie tropezó con ella, justo a mitad de mi rutina de caminata. Era una raíz seca, retorcida y cubierta de barro gris. Cualquiera la habría pateado a un lado, pero sentí una extraña conexión con su forma herida. La recogí, la limpié con la toalla que suelo llevar para secarme el sudor y la llevé a casa. Fui directo a mi galería; como siempre tengo tarros guardados, tomé uno, puse la raíz dentro y la acomodé en ese rincón.

Pasaron las semanas y la paciencia dio frutos. La raíz no solo revivió en su tarro, sino que se multiplicó en brotes fuertes y verdes que pronto transformaron el rincón de la galería. Hoy, observando su crecimiento, entiendo su lenguaje silencioso. Sé cuánta agua necesita, cómo busca la luz y con qué delicadeza extiende sus nuevas ramas.

Esa planta me enseñó una lección que ahora comparto contigo: si en tu caminar encuentras algo en el mundo —una vida, una planta o el corazón de otra persona — y no tienes la intención ni el amor para mejorarlo, es más noble dejarlo intacto. Déjalo exactamente como está, permitiendo que siga su propio curso en paz.

Por: Natalia Vargas