Una sociedad no puede construir un futuro sólido si abandona a sus jóvenes en el camino
Hay preguntas que como sociedad debemos atrevernos a formular, aunque las respuestas resulten incómodas: ¿qué clase de adultos tendremos mañana si una parte de nuestros jóvenes está creciendo entre el vapeo, el alcohol, la presión social, la violencia, el vacío emocional y una cultura que muchas veces glorifica la destrucción?
No se trata de condenar a toda una generación. Sería injusto e irresponsable. Hay miles de jóvenes estudiando, trabajando, emprendiendo, practicando deportes, desarrollando talentos y luchando por construir un futuro mejor. Pero tampoco podemos cerrar los ojos ante una realidad que preocupa a padres, educadores y comunidades.
El problema comienza cuando comportamientos que deberían generar preocupación empiezan a verse como algo “normal”.
Vapear a temprana edad se convierte en una moda. Consumir alcohol antes de tener la madurez necesaria se interpreta como una forma de diversión. Las redes sociales pueden transformar conductas peligrosas en contenido atractivo. Y, en algunos casos, la necesidad de pertenecer a un grupo termina pesando más que el propio bienestar.
¿Dónde estamos fallando?
La pregunta no debe dirigirse únicamente a los jóvenes.
También debemos preguntarnos qué estamos haciendo los adultos.
¿Estamos conversando con nuestros hijos o simplemente comprándoles cosas?
¿Conocemos a sus amigos?
¿Sabemos qué consumen en internet?
¿Estamos pendientes de sus cambios de conducta?
¿Les enseñamos a manejar la frustración, el rechazo y el fracaso?
¿O esperamos que las redes sociales, los influencers y la calle hagan el trabajo que nos corresponde?
Educar no es solamente pagar una escuela, comprar un teléfono o garantizar comida y techo. Educar también significa poner límites, escuchar, corregir, acompañar y enseñar con el ejemplo.
Un joven necesita saber que puede hablar con un adulto sin sentirse juzgado, pero también necesita escuchar un “no” cuando sea necesario.
El vacío también puede ser peligroso
Detrás de algunas conductas destructivas puede existir mucho más que rebeldía.
Puede haber soledad, inseguridad, presión de grupo, problemas familiares, falta de autoestima o simplemente una enorme necesidad de sentirse aceptado.
Por eso, reducirlo todo a “los jóvenes de hoy están perdidos” tampoco resuelve nada.
Necesitamos acercarnos a ellos.
Necesitamos recuperar espacios donde nuestros jóvenes puedan conversar, practicar deportes, desarrollar arte, aprender oficios, participar en actividades comunitarias y descubrir que su vida tiene propósito mucho más allá de una pantalla o de una noche de excesos.
El futuro se está formando hoy
Los adultos que tendremos dentro de 10, 20 o 30 años están hoy en nuestras escuelas, nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestras calles.
Y la pregunta es seria:
¿Queremos adultos capaces de construir familias, empresas, comunidades y sociedades saludables, o adultos que hayan aprendido desde adolescentes que el exceso, la violencia y la autodestrucción son formas normales de vivir?
La respuesta no depende solamente de los jóvenes.
Depende de todos.
Padres, madres, maestros, iglesias, organizaciones comunitarias, medios de comunicación, autoridades y líderes sociales tenemos una responsabilidad.
No podemos exigir una sociedad diferente mañana mientras permanecemos indiferentes ante lo que estamos sembrando hoy.
No perdamos una generación
Nuestros jóvenes no necesitan únicamente críticas. Necesitan orientación.
Necesitan adultos presentes.
Necesitan oportunidades.
Necesitan límites.
Necesitan modelos de conducta.
Y, sobre todo, necesitan saber que alguien cree en ellos.
El vape, el alcohol, las drogas, la violencia y las conductas destructivas no pueden convertirse en el lenguaje de una generación.
Pero tampoco podemos combatirlos únicamente con prohibiciones.
Hay que ofrecer alternativas.
Porque cuando un joven tiene un propósito, una familia que lo acompaña, una comunidad que lo apoya y oportunidades para desarrollarse, tiene más razones para proteger su futuro.
La juventud no es el problema de la sociedad. La juventud es parte de su futuro.
Y si queremos saber qué clase de sociedad tendremos mañana, quizás solamente tengamos que mirar cómo estamos educando a nuestros jóvenes hoy.
La pregunta queda abierta: ¿qué estamos haciendo nosotros para que la próxima generación tenga algo mejor que heredar?
Por: Johanna Cabrera