La política latinoamericana —y también la estadounidense— está viviendo una transformación que no puede entenderse únicamente desde las estructuras tradicionales de los partidos. El surgimiento de figuras como Santiago Matías, conocido como Alofoke, en República Dominicana, y Donald Trump en Estados Unidos, plantea una pregunta que merece ser analizada sin prejuicios: ¿estamos frente a simples fenómenos mediáticos o ante la expresión de un profundo cansancio ciudadano con la política tradicional?
Las comparaciones entre ambos no significan que tengan las mismas ideas políticas ni que sus trayectorias sean idénticas. Sin embargo, existen características que permiten establecer un interesante paralelismo: ambos construyeron primero una identidad pública fuera de la política profesional, poseen una comunicación directa y provocadora, desafían a las élites tradicionales y han sabido convertir su popularidad personal en una herramienta de influencia política.
Trump llegó a la política presidencial en 2015 después de décadas como empresario y figura televisiva. En las primarias republicanas de 2016, sus propios seguidores destacaban precisamente que no era un político y que su experiencia empresarial constituía parte de su atractivo.
Santiago Matías, por su parte, ha construido una enorme plataforma de comunicación y entretenimiento antes de anunciar su intención de competir por la Presidencia dominicana en 2028 mediante una organización política propia
Dos outsiders frente a los partidos tradicionales
La característica más importante que los aproxima es su condición de outsiders.
No llegaron al escenario político después de una larga carrera partidaria. Llegaron desde otro lugar: Trump desde los negocios y la televisión; Santiago Matías desde la comunicación digital, el entretenimiento y las redes sociales.
Ese elemento puede resultar más importante de lo que muchos políticos tradicionales están dispuestos a reconocer.
Durante décadas, los partidos fueron los grandes intermediarios entre la sociedad y el poder. Para aspirar a una posición importante había que construir una carrera dentro de la organización, conquistar dirigentes, participar en estructuras territoriales y esperar el momento adecuado.
Pero las redes sociales cambiaron las reglas.
Hoy una persona puede construir una audiencia de millones sin necesidad de pasar primero por la escuela tradicional de los partidos políticos.
Y ahí está precisamente el desafío.
¿Es Santiago Matías el “Trump dominicano”?
La comparación debe hacerse con cuidado.
Trump desarrolló un discurso populista, confrontativo y profundamente personalizado alrededor de su figura. Su estrategia política consistió, en buena medida, en presentarse como alguien capaz de enfrentarse a un sistema que, según él, había dejado de representar a la gente común.
Santiago Matías utiliza una comunicación igualmente directa, irreverente y muchas veces confrontativa. Su fortaleza está en haber construido una comunidad que consume sus contenidos y participa activamente en las conversaciones que genera.
En ambos casos aparece una fórmula política contemporánea:
personalidad + comunicación directa + rechazo al establishment + utilización intensiva de los medios + discurso dirigido directamente al ciudadano.
Pero existe una diferencia fundamental: Trump ya tiene una extensa experiencia de gobierno, mientras Santiago Matías apenas comienza a construir su proyecto político. Por eso, todavía sería prematuro afirmar qué tipo de gobernante sería Matías.
El verdadero problema no son Santiago Matías ni Donald Trump
Aquí aparece la pregunta más importante.
¿Por qué un empresario como Trump pudo conquistar la Presidencia de Estados Unidos?
¿Por qué una figura de la comunicación como Santiago Matías puede convertirse hoy en una posibilidad electoral real en República Dominicana?
La respuesta quizás no esté solamente en ellos.
Está en el agotamiento de los partidos políticos tradicionales.
Cuando los ciudadanos sienten que los partidos dejaron de representar sus preocupaciones, comienzan a buscar alternativas.
La política tradicional suele hablar de ideologías, estructuras y organizaciones. El ciudadano, en cambio, quiere respuestas sobre seguridad, empleo, costo de vida, educación, salud, migración, oportunidades y corrupción.
Cuando esas respuestas no llegan, aparece el voto de protesta.
Y ese voto puede tomar diferentes formas: abstención, voto castigo, candidatos independientes, outsiders o figuras que anteriormente nadie consideraba políticos.
Latinoamérica está cambiando
La región está experimentando una transformación política importante. El fenómeno no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha.
En distintos países han surgido figuras que desafían a los partidos tradicionales y construyen movimientos alrededor de su propia personalidad.
Colombia, por ejemplo, acaba de experimentar otro caso de outsider empresarial con Abelardo de la Espriella, quien llegó a la elección presidencial de 2026 sin una carrera política tradicional y con el respaldo de Trump. (AP News)
Esto demuestra que no estamos ante un fenómeno exclusivamente dominicano.
El ciudadano latinoamericano parece estar diciendo algo muy sencillo:
“No quiero necesariamente al político de siempre; quiero a alguien que me represente y que pueda resolver mis problemas.”
El peligro de confundir popularidad con capacidad de gobierno
Sin embargo, aquí también existe un enorme riesgo.
Ser popular no significa saber gobernar.
Tener millones de seguidores no equivale a tener un programa económico.
Ser un gran comunicador no significa necesariamente comprender la complejidad del Estado.
Y ganar una elección no garantiza administrar correctamente una nación.
Ese será precisamente el gran examen para Santiago Matías.
Si quiere transformar su popularidad en una alternativa política seria, tendrá que demostrar que puede pasar de la improvisación a la planificación; de la crítica a las propuestas; de las redes sociales a las instituciones; y del liderazgo personal a la construcción de un equipo capaz de gobernar.
El sistema tiene que mirarse en el espejo
Los partidos dominicanos no deberían responder al fenómeno Santiago Matías simplemente con burlas, ataques o descalificaciones.
Eso sería un error.
Deberían preguntarse por qué una parte de la sociedad está dispuesta a escuchar a alguien que hasta hace poco estaba completamente fuera de la política tradicional.
El fenómeno no debería preocupar únicamente por quién es Santiago Matías.
Debería preocupar por lo que representa.
Si los partidos funcionan, representan a la ciudadanía y ofrecen soluciones, los outsiders tendrán mayores dificultades para penetrar el sistema.
Pero cuando los partidos se convierten en estructuras cerradas, alejadas de las bases, dominadas por intereses particulares y desconectadas de las nuevas generaciones, el terreno queda preparado para que aparezcan nuevos actores.
La verdadera batalla será por la confianza
Santiago Matías puede ser una moda política, un fenómeno pasajero o el comienzo de una nueva etapa en la política dominicana.
Todavía nadie puede saberlo.
Pero ignorarlo sería un grave error.
Donald Trump demostró que un outsider puede entrar en un sistema político aparentemente impenetrable y transformarlo. De hecho, su llegada terminó modificando profundamente al Partido Republicano, hasta el punto de convertirlo en gran medida en un vehículo político alrededor del movimiento MAGA. (AP News)
Ahora República Dominicana tiene su propio fenómeno.
Santiago Matías no necesariamente representa el futuro de la política dominicana, pero sí representa una señal del presente.
Una señal que dice que las nuevas generaciones ya no están esperando necesariamente la autorización de los partidos para participar en política.
La pregunta ya no es solamente si Santiago Matías puede llegar al poder.
La pregunta más profunda es:
¿Por qué una parte de la sociedad está buscando fuera de los partidos tradicionales a quienes considera capaces de representarla?
Si los partidos no responden esa pregunta, alguien más lo hará.
Y quizás ahí esté la verdadera realidad del fenómeno Santiago Matías.
No es solamente Santiago Matías contra los partidos. Es una sociedad cansada de esperar respuestas frente a un sistema político que todavía no ha entendido que las reglas del juego cambiaron.
Por: Rafael Osoria