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La dignidad de un pueblo no se mide por el volumen de una fiesta

Por Opinión 3 min de lectura
La dignidad de un pueblo no se mide por el volumen de una fiesta

Cada año, miles de dominicanos se reúnen en las calles del Bronx para celebrar con orgullo sus raíces, su cultura y el inmenso aporte que nuestra comunidad ha hecho a la ciudad de Nueva York y a los Estados Unidos. La Parada Dominicana debería ser una expresión de identidad, unidad, historia y orgullo nacional.

Sin embargo, en los últimos años, muchas de las imágenes que han circulado en redes sociales y medios de comunicación han despertado preocupación y decepción entre miembros de la comunidad. Escenas marcadas por la vulgaridad, comportamientos irrespetuosos, consumo excesivo de alcohol y actos que poco tienen que ver con nuestra cultura han terminado opacando el verdadero propósito de esta celebración.

Es importante hacer una distinción clara: estos comportamientos no representan al pueblo dominicano. Representan únicamente a quienes deciden actuar de esa manera. La inmensa mayoría de los dominicanos somos personas trabajadoras, emprendedoras, profesionales, artistas, educadores, líderes comunitarios y familias que luchan cada día por salir adelante y dejar una huella positiva dondequiera que vivimos.

Cuando una celebración pública se convierte en escenario para conductas ofensivas o indecorosas, el daño trasciende a quienes participan. Las imágenes se difunden rápidamente y terminan alimentando estereotipos injustos sobre toda una comunidad. Ese es un precio demasiado alto para un pueblo que ha demostrado con esfuerzo, talento y sacrificio su capacidad de contribuir al desarrollo de esta ciudad y de este país.

Las nuevas generaciones también observan. Niños y jóvenes que asisten junto a sus familias merecen encontrar una actividad donde puedan sentirse orgullosos de su herencia cultural. Una parada debe inspirar, educar y fortalecer el sentido de pertenencia, no normalizar comportamientos que resten valor a la celebración.

Este no es un llamado a eliminar la alegría, la música o la espontaneidad que caracterizan al dominicano. Al contrario, la alegría forma parte de nuestra identidad. Pero la alegría puede convivir con el respeto, la organización y el civismo. Se puede bailar con entusiasmo sin perder la dignidad; se puede celebrar sin caer en la vulgaridad.

Los organizadores, líderes comunitarios, autoridades y participantes tienen una responsabilidad compartida para preservar el prestigio de una de las actividades más importantes de la diáspora dominicana. Reforzar las normas de convivencia, promover un ambiente familiar y destacar las contribuciones culturales, educativas y sociales de nuestra comunidad ayudaría a que la parada refleje con mayor fidelidad quiénes somos.

La comunidad dominicana merece una celebración que honre su historia, sus valores y su legado. Una parada que muestre al mundo el talento de nuestros artistas, el trabajo de nuestros empresarios, el compromiso de nuestros líderes comunitarios y el orgullo de nuestras familias.

Porque una fiesta puede durar unas horas, pero la imagen de un pueblo permanece mucho más tiempo.

La Parada Dominicana debe ser un motivo de orgullo para todos, no una fuente de vergüenza para quienes amamos profundamente nuestras raíces.

Por: Johanna Cabrera