La fe cristiana es uno de los sentimientos más profundos que puede experimentar un ser humano. Es esperanza en medio del dolor, confianza en Dios cuando las fuerzas se agotan y la certeza de que existe un propósito superior para nuestras vidas. Sin embargo, esa misma fe, cuando es depositada ciegamente en personas en lugar de en Dios, puede convertirse en un instrumento de manipulación.
A lo largo de la historia han existido pastores y líderes que han dedicado su vida al servicio de Dios y al bienestar de sus congregaciones. Su trabajo ha transformado familias, rescatado personas de las adicciones y llevado esperanza a comunidades enteras. Pero también han surgido otros que han convertido el púlpito en un negocio y el Evangelio en un medio para obtener riquezas.
Uno de los temas que más controversia genera es el diezmo. ¿Es realmente un mandato para los cristianos?
En el Antiguo Testamento, el diezmo era una práctica establecida por Dios para sostener a la tribu de Leví, que no recibía herencia territorial, y para atender a los pobres, los huérfanos y las viudas. Era parte del sistema religioso y social del pueblo de Israel.
Con la llegada de Jesucristo y el establecimiento del Nuevo Pacto, el énfasis cambia. En el Nuevo Testamento no aparece un mandato explícito que obligue a los creyentes a entregar el diez por ciento de sus ingresos como requisito para recibir las bendiciones de Dios. Lo que sí enseñan los apóstoles es el principio de dar con generosidad, amor y libertad. Como escribió el apóstol Pablo en su segunda carta a los corintios: “Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre”.
La diferencia es importante. La generosidad nace de un corazón agradecido; la manipulación nace del miedo. Cuando un líder religioso afirma que quien no diezma será maldecido, perderá la protección divina o no prosperará económicamente, está enseñando algo que muchos estudiosos consideran una interpretación discutible de las Escrituras y que merece ser examinada con cuidado.
La responsabilidad también recae sobre los creyentes. La Biblia invita a estudiar la Palabra, a discernir y a poner a prueba toda enseñanza. La fe no debe ser ingenua. Un cristiano maduro no sigue a un pastor porque hable con elocuencia, sino porque su vida refleja el carácter de Cristo y sus enseñanzas están fundamentadas en las Escrituras.
La iglesia necesita líderes íntegros, transparentes y humildes, que administren con responsabilidad los recursos que reciben y que comprendan que el dinero nunca puede ocupar el lugar del Evangelio. Del mismo modo, necesita creyentes comprometidos con ayudar a sostener la obra de Dios, pero desde la convicción y no desde la presión.
La verdadera riqueza del cristianismo no se mide por el tamaño de un templo, la cantidad de diezmos o la prosperidad material de un pastor. Se mide por vidas transformadas, familias restauradas, justicia, compasión y amor al prójimo.
La fe nunca debe convertirse en un negocio. Debe seguir siendo el puente que acerca al ser humano a Dios, libre de manipulaciones y fundamentada en la verdad. Cuando Cristo es el centro, el dinero deja de ser el objetivo y vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: un recurso para servir, nunca un instrumento para controlar la conciencia de los creyentes.
Por: Rafael Osoria