En los arrabales portuarios de Mindelo, donde el Atlántico golpea con la misma fuerza que el olvido, las palabras de los niños suelen ser afiladas como piedras. El fútbol callejero, antes de ser un juego, es un rito de demarcación. Allí, un niño espigado, de piernas largas y torpes, aprendía a defender el territorio de la única forma en que la infancia sabe pedir tregua: invocando el refugio de su origen. «Le voy a decir a mi abuela», repetía, como quien desenvaina un escudo de madera frente a una jauría.
La crueldad infantil, que posee una intuición semántica implacable, no tardó en registrar el quiebro. La vulnerabilidad se convirtió en mofa, y el escudo se transformó en estigma. Le llamaron Vozinha. Le llamaron «Abuelita». En el dialecto de las calles de Cabo Verde, el diminutivo no buscaba la ternura, sino la castración del ímpetu; era el intento de reducir la estatura de un gigante al tamaño de una anciana confinada al hogar.
Durante años, aquel apelativo fue una sombra incómoda, una prenda de ropa ajena que Josimar intentó desvestirse en los registros oficiales. En los primeros estadios, el joven arquero exigía la rigidez de su nombre de pila, buscando la validación de la adultez y la testosterona del juego. Pero el lenguaje, como el agua, encuentra siempre sus propios cauces. Al cruzar las fronteras de su isla, el destino lo obligó a mirarse en el espejo de su pasado.
Fue entonces cuando ocurrió el verdadero milagro literario de su vida: la resignificación.
Entendió que la burla no le pertenecía a los agresores, sino a la mujer que le había sostenido las manos cuando el mundo era demasiado grande. Al aceptar el nombre de Vozinha, el guardameta no aceptó la sumisión; confiscó el insulto, lo vació de desprecio y lo llenó de memoria. El apodo dejó de ser el eco de un llanto infantil para convertirse en un homenaje vivo a Maria Senhorinha dos Santos, la mujer-raíz que lo había criado.
Décadas después, bajo las luces inclementes de los estadios mundialistas, el orden de las cosas se invirtió por completo. Aquel niño que amenazaba con la presencia de su abuela terminó protegiendo el honor de una nación entera. Frente a los delanteros más feroces del planeta, la figura de dos metros de altura se hizo gigante bajo los tres palos, obligando a los cronistas internacionales a pronunciar, con la solemnidad que se le debe a los héroes, la palabra «Abuelita».
Como en las mejores tragedias clásicas o en los poemas de la negritud, la burla quedó sepultada bajo el peso del éxito. Quienes pretendían herirlo terminaron bautizando su inmortalidad. Al final, la historia de Vozinha nos recuerda que las palabras no nos definen por cómo nos son lanzadas, sino por el lugar del alma donde decidimos albergarlas.
Por: Natalia Vargas