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Más horas no hacen milagros: el espejismo de la Jornada Extendida y PISA

Por Opinión 3 min de lectura
Más horas no hacen milagros: el espejismo de la Jornada Extendida y PISA

Los recientes resultados de la prueba PISA han vuelto a encender el ventilador de las culpas en la República Dominicana. Como ya es costumbre, tras el evidente estancamiento del país en los últimos puestos de la evaluación global, ha salido a la luz el argumento más cómodo para justificar el fracaso: que los estudiantes faltan mucho a las aulas y que las constantes paralizaciones de docencia son las únicas responsables del desastre educativo. Sin embargo, culpar al calendario escolar es mirar el problema por el lado más superficial. La realidad es mucho más profunda, incómoda y estructural: el problema de la educación dominicana jamás ha sido la cantidad de horas, sino la absoluta falta de calidad en ellas.

Existe una narrativa oficial que intenta convencernos de que a mayor tiempo encerrados en un aula, mayor será el aprendizaje. Es una falacia que se desploma al mirar los propios datos internacionales de la OCDE. Países que lideran el mundo educativo y económico dictan muchas menos horas de clases obligatorias en el papel que las que teóricamente ofrece nuestro sistema. La diferencia radica en que, en esas naciones, una hora de clase es un espacio sagrado de instrucción efectiva, concentración y excelencia pedagógica. En la República Dominicana, lamentablemente, hemos confundido la escuela con una guardería de horario corrido.

El ejemplo más fehaciente de este autoengaño es la Jornada Extendida. Concebida inicialmente como el proyecto estrella de la revolución educativa financiada con el 4% del PIB, hoy se sostiene como un rotundo fracaso en su ejecución real. El plan original prometía un ecosistema integral donde las mañanas se destinarían a las materias básicas y las tardes a la innovación, la cultura, el arte y el pensamiento lógico a través de talleres especializados.

¿Qué nos queda hoy de esa promesa? Escuelas sobrepobladas donde la ausencia crónica de talleristas ha convertido las tardes en un tiempo muerto de ocio supervisado, donde el ruido y el desorden sustituyen al aprendizaje. Mantener a un niño ocho horas sentado en un aula sin una propuesta pedagógica clara, sin profesores debidamente capacitados y sin los recursos técnicos prometidos no multiplica su conocimiento; solo multiplica el tiempo perdido.

Por lo tanto, es momento de desmontar la excusa del ausentismo. Aunque es innegable que las huelgas gremiales y las faltas afectan la continuidad, centrar el debate ahí es ignorar que el estudiante dominicano promedio que asiste todos los días a su centro tampoco logra comprender lo que lee ni resolver problemas matemáticos básicos. El verdadero virus del sistema no son los días perdidos de clase, sino las horas vacías de contenido que se imparten a diario.

Destinar millones de pesos a construir planteles y decretar horarios larguísimos sin transformar lo que ocurre dentro del aula ha sido el peor error estratégico de las últimas décadas. La calidad no se mide con un reloj. Hasta que las autoridades y la sociedad no entiendan que un sistema educativo eficiente necesita programas de estudio modernos y la ejecución real de los talleres prometidos, seguiremos sumando horas en el papel mientras nuestros jóvenes continúan reprobando el futuro.

Por: Natalia Vargas